ENTREVISTA A FERNANDO NAVARRO, AUTOR DEL DICCIONARIO CRÍTICO DE DUDAS INGLÉS-ESPAÑOL DE MEDICINA
Cristina Márquez Arroyo
Versión abreviada de la entrevista publicada en Apuntes
C.M. En el ámbito de la traducción profesional eres mencionado como ´el médico-traductor del momentoª, y tu Diccionario crítico de dudas inglés-español de medicina se vende como pan caliente en dos continentes. ¿Esperabas este éxito editorial? ¿Cuáles eran tus objetivos y expectativas con respecto al diccionario?
F.N. El número de ejemplares vendidos no me quita el sueño, pero sí esperaba, desde luego, que los traductores científicos, conocedores como nadie de los aciertos y las carencias de los diccionarios médicos al uso, habrían de reconocer rápidamente qué aporta de novedoso este diccionario.
Comprendo que editores y libreros se interesen por el éxito de ventas, pero a mí, como autor, me preocupa mucho más la acogida por parte de la crítica y la reacción de los lectores. Desde muy pronto tuve claros los cuatro objetivos primordiales que perseguía con el diccionario, y cuya consecución, en definitiva, habría de marcar el grado de éxito o fracaso de mi empresa.
El primero de ellos estaba en la raíz misma del proyecto: elaborar un diccionario de dudas para ayudar a los traductores recién llegados a la traducción médica. Todos hemos sido alguna vez traductores pardillos. En mi caso, recuerdo todavía perfectamente la angustia que me producía al comienzo allá por 1988 toparme a diario con un montón de dudas para las que no hallaba respuesta en ningún libro de consulta. Ni los textos de medicina, ni los diccionarios médicos monolingües o bilingües, ni tampoco los diccionarios generales de uso del español o los libros de ortografía y gramática me servían para saber si era preferible escribir ´víricoª o ´viralª, ´iatrogeniaª o ´yatrogeniaª, o cuál era el mejor modo de traducir expresiones como oxidative stress o anion gap. Cada una de estas dudas me llevaba supongo que como a muchos otros traductores antes y después de mí días enteros de consulta en la biblioteca del hospital, cuyos resultados resumía en escuetas notas que empecé a coleccionar en mi ordenador. Algunos años después supe que prácticamente todos los traductores médicos veteranos habían elaborado de forma parecida un fichero personal de grandísima utilidad, pero que, salvo raras excepciones, jamás publicaban ni ponían a disposición de otros colegas. Me hice entonces la promesa de publicar todo cuanto fuera aprendiendo y pudiera ser útil a quienes vinieran detrás de mí. Que este primer objetivo lo he logrado con el diccionario crítico de dudas lo sé por las cartas y mensajes electrónicos que recibo de traductores médicos europeos y americanos que me explican cómo el diccionario les ha solucionado tal o cual duda que tenían desde hace años.
El segundo objetivo obedece también a un deseo muy íntimo, si bien un tanto malvado: conseguir para los traductores de habla hispana una obra que envidien nuestros colegas de otros idiomas. Cuando deseo consultar un diccionario médico excelente, debo acudir al Dorlands Illustrated Medical Dictionary; durante mucho tiempo he traducido del inglés al español con ayuda del diccionario médico inglés-francés de Gladstone; no hay mejor diccionario enciclopédico de química en el mundo que el exhaustivo Römpp Lexikon Chemie alemán en 6 tomos; y si he de buscar los orígenes etimológicos de algún término médico, tengo por fuerza que acudir al diccionario italiano de Marcovecchio. Durante años me desesperé preguntándome: ¿por qué tiene que ser así?; ¿por qué los mejores libros se publican siempre en otros idiomas y nunca en español? Desde mayo, cada vez que un colega de lengua materna italiana, alemana, portuguesa, francesa o inglesa me ha confesado que es una lástima que no exista un diccionario como el mío en su idioma, he sentido algo así como una espinita que me sacaban del corazón.
El tercero de mis objetivos era también muy ambicioso: conseguir una obra sin igual en el panorama lexicográfico. Tan harto estaba de los diccionarios médicos al uso con cien mil entradas del tipo ´choledococystoduodenostomy es coledococistoduodenostomíaª y ´hydroaminocyclohexane es hidroaminociclohexanoª, pero en los que uno nunca encuentra lo que busca, o lo encuentra mal traducido, que quise hacer algo original, nuevo, sin parangón. Una de las mayores satisfacciones que he obtenido fue comprobar cómo el alemán Günther Haensch, autor del estudio más extenso sobre los diccionarios en español, reconocía hace unos meses que mi diccionario ´representa, desde el punto de vista de la clasificación de diccionarios, un nuevo tipoª.
El cuarto y último de mis objetivos iniciales es el único que aún no he visto cumplido, ni espero verlo en varios años, si es que llega a cumplirse alguna vez. Cuando en un idioma se publica un diccionario novedoso, es frecuente observar un efecto de arrastre que lleva a la aparición posterior de otras obras de esquema semejante. Pudo comprobarse, por ejemplo, en la eclosión de diccionarios de dudas del español tras la publicación del de Seco o en la influencia que el diccionario de Moliner ha ejercido sobre los actuales diccionarios de uso del español. En lo que respecta a los diccionarios bilingües de dudas, tenemos ya este mío de medicina, sí, pero seguimos necesitando como agua de mayo otro de derecho, y de microbiología, y de informática, y de química, y de biología molecular, y de botánica, y de tantas y tantas disciplinas más.
C.M. Sabemos ya cómo surgió la idea de un diccionario inglés-español de dudas de medicina. ¿Cuál fue el método de trabajo utilizado? ¿Cuánto tiempo llevó recopilar tanta información?
F.N. Mis conocimientos sobre lexicografía científica son más bien escasillos, así que es de suponer que todo el diccionario sea, desde el punto de vista lexicográfico, un pequeño gran disparate. Uno encuentra en él, por ejemplo, palabras como European, day, accidental killing o philosophy, que en propiedad no deberían tener cabida en un diccionario médico; y la estructura interna de las entradas es también de lo más dispar. Lo cierto es que nunca pretendí elaborar una obra capaz de asombrar por su perfección conceptual a los teóricos y eruditos de la universidad, sino un libro útil y práctico para los traductores profesionales. El método de trabajo, pues, fue también eminentemente práctico: se trataba de reunir en los textos médicos cuantas palabras y expresiones inglesas me plantearan dudas, y explicar al lector de forma sucinta y clara lo que yo hubiera querido que alguien me explicara a mí la primera vez que hube de traducir tales expresiones.
En cuanto al tiempo que ello me llevó, empecé a recopilar información de modo sistemático, para preparar breves glosarios de ´falsos amigosª, en 1990; pero no comencé con la elaboración del diccionario propiamente dicha hasta 1997. Podemos estar hablando, pues, de unos diez años de recopilación de datos y tres años de intensa labor de redacción y estructuración del diccionario.
C.M. En 1997, la Fundación Esteve editó la monografía titulada Traducción y lenguaje en medicina, en la que analizas los problemas de la traducción de textos científicos. ¿Cómo se originó esta monografía? ¿Qué motivó a la fundación a apartarse de sus temas habituales y publicar esta verdadera joya para los traductores? ¿Tienes intención de recopilar alguna vez todos tus escritos y publicarlos en varios tomos?
F.N. La idea de la monografía partió de la propia Fundación; fueron Sergi Erill y Fèlix Bosch quienes me propusieron recopilar una docena de los artículos sobre lenguaje médico que había publicado en la revista Medicina Clínica de Barcelona. La Fundación Dr. Antonio Esteve persigue fomentar el avance de la farmacología y la terapéutica a través de la comunicación científica. Es cierto, pues, que esta monografía se apartaba un tanto de la línea editorial seguida por la Fundación hasta entonces, pero tampoco debemos olvidar que, debido a mi formación como farmacólogo clínico, en la mayoría de aquellos artículos trataba de forma preferente los problemas del lenguaje especializado de la farmacología. Sea como fuere, el caso es que Erill y Bosch no se equivocaron, y esta monografía fue un éxito desde el primer día: agotada la tirada completa en menos de tres meses, la monografía fue objeto de una segunda edición ese mismo año, que también se agotó. El pasado mes de enero, la Fundación ha reeditado nuevamente la obra, ya por última vez.
Me hace gracia lo de recopilar todos los escritos: eso es cosa más bien del final de una obra y una vida, ¿no crees?, y yo estoy como quien dice empezando. Estaría bueno que a mi edad, y con cuatro escritos mal pergeñados a mis espaldas, me pusiera ya a pensar en compilar unas ridículas Obras completas.
C.M. Tú eres médico y traductor. ¿Cuáles son los motivos que llevan a un médico a dedicarse a esta profesión?
F.N. No sé cuáles puedan ser los motivos que han llevado a otros médicos a la traducción, pero en mi caso particular fue una historia de amor. Y como todas las historias de amor, esta mía es compleja, enrevesada y muy larga de explicar. Todo empezó, como sucede a veces con las grandes pasiones, de forma nada romántica: con 28 años, dos hijos y el sueldo raquítico de un médico residente, necesitaba de ingresos adicionales para llegar a fin de mes; y la traducción me los proporcionaba. Esta relación puramente comercial se transformó rápidamente, primero en un sentimiento de gusto y cariño que hizo de la traducción mi afición preferida; más tarde en pasión desbordada y absorbente por todo lo relacionado con las palabras, los idiomas y el lenguaje especializado de la medicina. En 1992 una circunstancia imprevista me abrió de modo sorpresivo la posibilidad de hacer algo que hasta entonces ni siquiera en sueños había contemplado: arrojar por la borda más de diez años de formación médica y un futuro halagüeño en España como médico especialista para consagrarme por entero a la traducción científica y autoexiliarme en un país, Suiza, al que nada me unía y del que entonces no conocía ni tan siquiera el idioma. Locuras como ésta, claro, sólo las explica y a duras penas la pasión, pero son también las que hacen a la vida tan hermosa como es.
C.M. Hay muchos médicos que se oponen a que los traductores sin formación profesional en el campo de la medicina realicen traducciones médicas. Por otra parte, muchos traductores opinan que los médicos no pueden traducir porque no manejan correctamente el idioma. ¿Existe un justo medio?
F.N. Cada vez que lo oigo, y es prácticamente siempre que se plantea esta cuestión, me hace mucha gracia eso de que los médicos no saben escribir. Es como si yo dijera que los abogados no saben paladear un buen vino o los traductores no saben tocar música. Supongo que entre los traductores habrá algunos que no distinguen una nota de la siguiente y otros que tocan un instrumento como los mismísimos ángeles. De lo contrario, sería una verdadera lástima que autores como John Keats, Pío Baroja, Oliver Sacks, Antón Chéjov, William Somerset Maugham, Louis-Ferdinand Céline, Mariano Azuela, Arthur Conan Doyle, Rafael Campos o William Carlos Williams no hubieran sabido escribir mejor, pues todos ellos eran médicos.
Está claro que si un médico no se ha preocupado jamás por el lenguaje ni muestra sensibilidad alguna por las cuestiones de estilo, producirá textos de lectura torpe, pesada e incómoda, pero lo mismo podríamos decir de cualquier otra profesión, incluida la de traductor. Entre los médicos, como entre los traductores, los hay que escriben francamente bien y los hay que escriben francamente mal.
En cualquier caso, la solución óptima parece clara: el traductor médico debería ser un médico que escriba bien o un traductor con buen dominio de los textos médicos y el lenguaje especializado de la medicina. Entre los traductores médicos profesionales que conozco, muchos somos licenciados en medicina, muchos otros son licenciados en traducción, y muchos más no han estudiado ninguna de esas dos carreras (los hay químicos, filólogos, farmacéuticos, biólogos, terminólogos, abogados, etc.). Lo que sí tengo claro es que de las traducciones médicas deberían ocuparse los traductores médicos, y no sucede así en la actualidad.
C.M. ¿Qué es para ti un ´traductor médicoª? ¿Cuál es la formación adicional necesaria para que un traductor profesional pueda dedicarse a la traducción médica? ¿Existen programas de formación? ¿Te interesa la docencia?
F.N. ¿Qué es un traductor médico? Más sencillo y más fácil de entender me parece definir lo que no es un traductor médico. No lo es, desde luego, quien traduce hoy un texto periodístico, mañana uno económico, pasado mañana otro jurídico, la semana que viene un anuncio de televisión, y de paso el protocolo de un estudio de investigación sobre nuevos inmunosupresores para prevenir el rechazo en el trasplante hepático (y todo esto del inglés al español, pero también del español al inglés y del alemán al italiano). Tampoco es para mí traductor médico, por supuesto, el médico que acude por las mañanas al hospital, por la tarde pasa consulta privada los días pares y opera en el quirófano los impares, imparte además tres horas semanales de clases en la facultad de medicina, y los fines de semana se saca por las noches unos cuartos traduciendo.
Considero que la traducción médica es una modalidad de traducción muy compleja, que exige del traductor una formación adecuada y dedicación exclusiva. Hoy se impone, para el traductor como para muchos profesionales más - entre otros, los propios médicos- , la especialización. Y al traductor profesional especializado en textos médicos ya provenga de la medicina, de la traducción o de otras disciplinas del saber es a quien yo llamo ´traductor médicoª. Lo que pido para la traducción médica no es, en definitiva, más de lo que han conseguido ya videocámaras y lavadoras; cuando éstas se estropean, nadie envía las primeras al electricista ni las segundas al fontanero: en uno y otro caso se solicita el concurso del técnico especialista. ¿Son acaso los textos médicos menos complejos que una lavadora?
El problema de la formación no está resuelto aún, al menos para la traducción médica al español. Al aspirante a traductor médico se le ofrecen dos vías básicas de especialización: la formación autodidacta en el propio mercado laboral (como tuvimos que hacer todos los que hoy estamos aquí) o que asista durante un año a un curso monográfico de especialización en traducción médica, como los que se están impartiendo ya en Inglaterra y Francia. En España, que yo sepa, ninguna universidad ofrece tales cursos, y la situación en Hispanoamérica que, por pillarme más lejos, desconozco dudo que sea muy distinta a la española. En mi opinión, la organización de cursos de este tipo con la calidad suficiente es, sin duda, uno de los desafíos que se les presenta a las facultades de traducción en el mundo de habla hispana. Y es de suponer que si ellas no lo afrontan, lo hagan en su lugar las facultades de medicina, que podrían muy bien convertir la traducción y el lenguaje médicos en una nueva especialidad de la medicina, como se hizo ya en España hace una generación con la historia de la medicina.
En cuanto al interés por la docencia, más que interesarme confluyen en mi caso dos factores que me inducen a ella. Está, por un lado, esa pasión que he admitido antes por los entresijos del lenguaje médico en todos sus aspectos: ¿qué verdadero enamorado se cansaría jamás de hablar sobre el objeto de su pasión? Pues de igual manera no me canso nunca de explicar a quien me aguante lo hermosísimo y lo apasionante que puede llegar a ser el estudio de un lenguaje especializado que, como el de la medicina, cuenta con nada menos que veinticinco siglos de historia a sus espaldas. Por otro lado, de mis primeros años como traductor médico aficionado data no sólo ese compromiso ya mencionado de compartir cuanto fuera aprendiendo, sino también otra solemne promesa íntima que me hice entonces: atender siempre a quien acudiera a mí y jamás decir que no a quien me pidiera ayuda o consejo, a menos que me fuera materialmente imposible darlos. Sólo así se explica que, a pesar de la timidez que comparto con muchos otros traductores, haya aceptado cuanta invitación me han hecho para acudir a las aulas a impartir charlas, conferencias o seminarios prácticos sobre traducción médica.
C.M. Cuando evalúas una traducción médica, ¿qué consideras más importante, la precisión de los conceptos médicos o la corrección lingüística?
F.N. Las tres características esenciales de cualquier texto científico, ya sea éste original o traducido, deben ser la veracidad (lo escrito no debe ser falso), la precisión (lo escrito debe tener una única interpretación posible) y la claridad (el texto no debe ser incomprensible, pesado ni farragoso). La veracidad exige haber comprendido el texto original o, lo que es lo mismo, estar familiarizado con la lengua de partida y la disciplina científica de que se trate. La precisión exige conocer a fondo la terminología especializada en la lengua de destino. La claridad, por último, exige un dominio notable de los recursos léxicos, sintácticos y estilísticos de tipo general en la lengua de destino. Todo ello debería pedírsele al traductor médico profesional (siempre y cuando, por supuesto, los plazos fueran razonables y el pago acorde al grado de dificultad de la tarea, pero eso es ya otra historia...).
C.M. ¿Cuál es la influencia de la traducción sobre las publicaciones médicas en lengua española y por ende en el lenguaje médico español actual?
F.N. Nos guste o no, lo cierto es que hoy las publicaciones médicas en lengua española son en buena medida el resultado de un proceso de traducción a partir del inglés. No es sólo que la cuarta parte de los libros de medicina editados en España e Hispanoamérica correspondan a traducciones de obras extranjeras; se trata, sobre todo, de que los principales libros de texto en español y los artículos médicos que publican nuestras revistas incorporan más de un 80% de las referencias bibliográficas en inglés. Debemos aceptar, pues, que la traducción es en la actualidad el principal motor del lenguaje médico español, incapaz de alimentarse a sí mismo a partir de una ciencia secundaria y dependiente como la que caracteriza a nuestros países.
En este sentido, es increíble la suerte que me deparó mi llegada impremeditada y fortuita al mundo de la traducción. Entonces no podía ni sospecharlo, pero hoy sé bien que al traductor se le abren posibilidades de estudio y análisis del lenguaje médico vivo que los grandes estudiosos del idioma en las universidades, las academias y las asociaciones profesionales no pueden ni siquiera imaginar.
C.M. Eres uno de los fundadores de MedTrad, un foro internético para profesionales de la traducción médica, con sede en eGroups. ¿Puedes contarnos cómo se creó y cuáles son sus alcances y objetivos?
F.N. MedTrad nació en septiembre de 1999 por iniciativa de Gustavo Silva, traductor médico en la sede de la Organización Panamericana de la Salud en Washington. Su idea inicial, como tantas ideas geniales, era, de puro sencilla, poco menos que perogrullesca: aprovechar el correo electrónico para poner en contacto a un grupo de profesionales dispersos en distintas ciudades del mundo y crear así un foro de ayuda mutua en cuestiones de traducción médica. Quienes recibimos la propuesta primera de Gustavo Silva aprovechamos nuestros contactos profesionales para transformar en cuestión de días el puñado inicial de amiguetes en un nutrido y valioso grupo internacional de medicina y traducción. Hoy MedTrad (medtrad-owner@egroups.com) está formado por más de un centenar de traductores médicos, redactores científicos, terminólogos, correctores, investigadores científicos, profesores universitarios y otros profesionales europeos y americanos interesados por el lenguaje médico en español.
En mi opinión, los objetivos iniciales de MedTrad se han cumplido con creces. No es sólo que cada consulta de uno de sus miembros suscite en cuestión de horas un intercambio de opiniones al más alto nivel, sino que todo se lleva a cabo con un espíritu de camaradería y sentido del humor difícil de alcanzar en un mundillo tan individualista como es el de la traducción.
C.M. MedTrad ha producido una de las mejores revistas o REDvistas, como preferimos llamarlas sobre traducción médica del momento: Panace@. Por el momento es una publicación de uso interno entre los miembros del grupo. ¿Tienen planes de publicarla para el público en general?
F.N. Panace@ nació, incluso cuando no era más que la idea de un proyecto, con vocación neta de difusión fuera del grupo. Al ser MedTrad una lista de debate cerrada y de afiliación restringida, cuyas deliberaciones no pueden seguirse desde el exterior, la mayor parte de quienes se dedican ocasional o regularmente a la traducción médica no pueden obtener provecho de la labor del grupo. Nuestro boletín de autoría colegiada y colectiva (carece de director, redactor jefe ni nada por el estilo) busca poner remedio a esto y ofrecer a cuantos se interesan por el lenguaje médico en español lo más destacado de lo debatido en el foro, artículos originales de calidad, e información de lo que se cuece y se publica en el mundo sobre la traducción médica al español y el lenguaje científico en español. No somos tan idiotas, claro está, como para proponernos editar la mejor revista del mundo, pero sí una buena revista de medicina y traducción.
Para mediados de diciembre está prevista la aparición del segundo número, que, como el primero, circulará por el momento de forma restringida sólo entre medtraderos. La idea, no obstante, es que en breve esté a disposición de los interesados en la página internética de la Asociación Española de Terminología.
C.M. ¿Algún plan de actualización para el diccionario de dudas? ¿Aparecerá ´el Navarroª en cederrón? ¿Te molesta que se lo conozca por ese nombre?
F.N. Toda mi vida he usado el Harrison, el Dorland, el Farreras, el Moliner, el Seco, el Cardenal y el Stedman; ¿cómo va a molestarme ahora que alguien llame ´el Navarroª a un libro que he escrito yo? Sí me molestaría, en cambio, y no tengo reparos en admitirlo abiertamente, que lo llamaran ´el Imbécilª, ´el ladrillo infumableª o ´el diccionario del chalado ése de Suizaª.
Respecto a los planes de actualización, considero esta primera edición, básicamente, como un borrador de carácter público. Cada semana me llega, desde dentro y fuera de MedTrad, un buen puñado de sugerencias, críticas y propuestas para corregir erratas, subsanar errores y aumentar la información recogida en el diccionario. Así que todas las noches, muy disciplinadito yo, me siento ante la pantalla del ordenador para introducir nuevas entradas, mejorar la presentación de la información y ampliar sustancialmente el contenido del diccionario. Todo, por supuesto, enfocado a una nueva edición definitiva del Navarro, que para mí será la última, porque no estoy dispuesto a pasarme toda la vida ampliando y poniendo al día este diccionario.
Lo del cederrón lo veo más difícil. Ya en mi primera carta a los editores para presentarles el proyecto, les indicaba la conveniencia de editar el diccionario de dudas también en disco óptico compacto, pues las obras de referencia son hoy impensables si uno no puede trabajar con ellas en soporte informático. McGraw-Hill·Interamericana, no obstante, decidió no sacar una edición electrónica por miedo al pirateo indiscriminado de la obra hoy por hoy ciertamente innegable, y no parece que a corto plazo los editores vayan a cambiar de opinión. Parece ser, pues, que el mío seguirá siendo por bastante tiempo un diccionario a la antigua usanza.
Cristina Márquez Arroyo
Traductora científico-técnica inglés <> español