Las academias privadas de la lengua
Empecé a preocuparme por esta cuestión hace pocos años, cuando un cliente me entregó un artículo para que lo tradujera y me dijo que debía atenerme al Manual de estilo de El País. Tras entregar la traducción, tuve una discusión absurda sobre dos términos que yo había usado en mi texto: EE. UU. y debut.
El cliente esgrimió el Manual, como quien empuña la espada de la razón, y me espetó que "el diario aconseja EE UU y debú". Como los traductores tenemos la obligación de cuidar de nuestros clientes y conservarlos, pero también tenemos la tácita labor de desembrutecerlos siempre que sea posible y se dejen comencé con la ya clásica argumentación de que un diario puede establecer unas normas que pueden ser orientativas y, en todo caso, no tienen por qué ser vinculantes para muchos hablantes. Es un diario, nada más que eso. El País es, concretamente, un diario español cuyas preferencias estilísticas deben evaluarse con mucho cuidado, como las de cualquier otro. Aclaro, además, que mi traducción iba dirigida a toda Hispanoamérica y España.
En estos dos casos, concretamente, se trata de sendos errores. Quizá ese diario piensa que EE. UU. es una sigla, cuando en realidad es una abreviatura. En las siglas podemos omitir los puntos (y, de hecho, la tendencia es a suprimirlos), pero por ahora y así seguirá siendo a menos que los hablantes lo cambiemos las abreviaturas llevan siempre un punto abreviativo. Podemos escribir EUA (porque es la sigla de "Estados Unidos de América"), pero no EEUU ni EE UU, que es el plural de la abreviatura de "Estados Unidos". Como cabía esperar, el cliente me dedicó una sonrisa condescendiente y pensó para sus adentros, supongo, que quién era yo para criticar lo que hacía un diario como El País. No discuto que esos puntos abreviativos sean algo molestos para un diario, pues ocupan un espacio nada desdeñable, especialmente si se trata de titulares, pero no es nuestro caso.
En la discusión sobre debú tuve algo más de éxito, pero el resultado fue el mismo: mi cliente no me hizo ni caso. Me escuchó atentamente, pero ni modo.
El diario madrileño decidió eliminar la -t final de la palabra tras considerar que en español no se pronuncia. Es cierto que no abundan las palabras terminadas en -t en castellano, y que en muchas de ellas se omite la consonante final al pronunciarlas, pero eso no puede usarse como razonamiento para apoyar tal grafía, aunque el diario pueda decidir y está en su derecho que la escribe como le dé la gana. Y nosotros, como lectores, debemos reservarnos el derecho a evaluar si es correcto o no. Paradójicamente, el diario no aplica la misma regla a palabras como mamut o acimut (¿mamú y acimú?). Ignoro el motivo.
Con esta anécdota empezó mi preocupación por lo que denomino academias privadas de la lengua.
Con el paso de los años me he visto envuelto en diversas discusiones algo estériles con clientes y colegas sobre términos avalados ora por un diario ora por un fabricante de programas informáticos, ora por un departamento de comercialización de una empresa. ¿Llenan estas empresas huecos dejados por las verdaderas academias de la lengua hispanoamericanas? ¿La pronta actuación de las academias lograría frenar esta invasión de solecismos? Lo dudo. No es sólo una cuestión de academias sino de la responsabilidad de lingüistas, redactores, aquí y allá... de traductores y de hablantes cuerdos y responsables.
La liebre salta donde uno menos lo espera: debajo de las yemas de los dedos...
Sí, porque el procesador de textos más utilizado en el mundo es Word, de Microsoft. Aunque la traducción del programa no es mala, los fallos que contiene son realmente notables. Pero el problema añadido es que hay más programas Word en los hogares hispanohablantes que diccionarios académicos.
Este programa nos ofrece traducciones incomprensibles como deshacer (undo), o solecismos sutiles como reemplazar con (en lugar de reemplazar por). Del mismo modo, todas las instrucciones del programa que comienzan en inglés con el prefijo auto- fueron errónea y sistemáticamente traducidas al castellano como si ese prefijo fuera self-, y así nos encontramos con: autotexto, autoformato, autorrecuperación... y términos similares, que deberían haber sido traducidos como texto automático, formato automático, etc.
La traducción de los términos de tipografía no fue revisada. En el programa no se habla de rayas ni menos, sino de guiones largos y cortos, de espacios de no separación (non-breaking space) y no intente buscarlo, no encontrará el castizo adjetivo optativo; en Microsoft todo es opcional. Y no solo en Microsoft, claro. Hay términos que un hispanohablante algo ducho en tipografía o edición tardaría en reconocer. Del mismo modo, el traductor mezcló versales con versalitas cuando tradujo small caps.
Aunque las traducciones de Microsoft han mejorado mucho, algunos de sus errores persisten con el paso de los años y ahora es difícil cambiarlos porque son demasiados los fabricantes que han imitado su estilo. El menú Edición debió traducirse como Modificaciones o Cambios pues para eso sirve ese menú en todos los programas de Windows y Macintosh. La instrucción Mover debería haberse traducido como traspasar o transferir, pues son verbos que tienen la connotación exacta: 'pasar algo de un lugar a otro'. Así nos ahorraríamos el disgusto que sentimos al leer frases tan próximas al balbuceo como Mueva el archivo a la carpeta usando arrastrar y soltar (Move the file to the folder using drag-and-drop).
Ahora ya sabemos que la informática ha cambiado nuestra vida. Es la ciencia que más la está cambiando a diario. Directa o indirectamente. Y cambia nuestra forma de hablar. No podemos describir procesos en los que esté implicada una computadora sin echar mano de la terminología oficial de Microsoft. Y ahí está la clave: Microsoft y otras muchas empresas de informática están creando nueva terminología. ¿Entendemos ahora la responsabilidad que, como traductores, debemos asumir en la adaptación de esta terminología? El caso de la informática es tan sólo un ejemplo de las muchas disciplinas que tienen influencia directa en los hispanohablantes, pero podríamos estar hablando de películas de televisión, cine, deportes, noticias...
Los traductores no debemos sufrir el Síndrome del veterano, ese mal que nos hace pasar por alto errores que denostamos tiempo atrás, cuando éramos novatos. Debemos tener la pluma siempre en ristre, porque quien debe preocuparnos, sobre todo, es el lector novel, la persona que leerá los términos por primera vez, y no la gente que, como nosotros, ya está acostumbrada al barbarismo soporte técnico en lugar de asistencia técnica, entre otros.
Si no observamos de manera crítica incluso los términos que ya parecen consolidados en cualquier argot profesional, acabaremos vendiendo nuestra sintaxis y vocabulario al inglés. Si no hubiera sido por los traductores responsables, ahora seguiríamos escribiendo runear o correr programas, como en los primeros tiempos de la informática. Y digo "escribiendo" porque todos hablamos espanglish de vez en cuando, pero ya lo consideramos algo jergal, como el lunfardo o el caló, y lo evitamos cuando redactamos o traducimos seriamente. Hemos logrado ir superando términos como bootear, resetear, deletear, submitir de aquellos tiempos en los que esta disciplina estaba en manos de los técnicos. Ahora los traducimos para el nuevo usuario de la informática, es decir, para el ciudadano de a pie.
La tarea de vigilancia es cotidiana y constante. Aunque la terminología técnica haya mejorado en muchos aspectos gracias a los traductores, recibimos mil nuevas palabras inglesas cada año... sólo en lo tocante a Informática. ¿Abrimos las puertas de par en par a esta avalancha o tomamos alguna medida? ¿Nos aferramos a la cómoda posición de "Mi cliente lo quiere así y yo no voy a discutírselo" o aplicamos nuestro compromiso deontológico como lingüistas en la medida de lo posible?
Aunque las mejoras en el corrector ortográfico y gramatical de los programas de Microsoft también son evidentes, sigue habiendo fallos graves que despistan a cualquiera. Hace poco le escribí una carta a mi hermana y, al acabarla, decidí revisarla con el corrector de ortografía y gramática de Word 97. Me quedé atónito cuando el programa se detuvo en esta frase:
Tras caminar 7 km hasta la dársena iba arrastrando el culo con aquella mochila de 10 kg a la espalda.
Pruebe en su casa. Escríbala y pulse F7.
En primer lugar, el "corrector" le dirá que el símbolo de kilómetros es km. (con punto), y usted se quedará perplejo porque, según aprendió en el colegio, los símbolos de unidades no llevan punto (kg, g, s, dl, etc.).
A continuación, el corrector se detendrá en la palabra culo, malsonante en muchos países americanos, pero frecuente en España. Ignoro el motivo por el que esta palabra no está en el diccionario de Word, pero lo anecdótico es que entre las palabras que se asemejan aparece ésta:
culi.
Del ing. coolie, y este del hindi kuli.
1. m. En la India, China y otros países de Oriente, trabajador o criado indígena.
Y claro, uno se pregunta si esta palabra es más frecuente que culo en los millones de documentos redactados en español en el mundo. (Suponiendo, claro está, que la frecuencia de uso de una palabra tenga algo que ver con su inclusión en el diccionario de Word.)
En mi caso, creo que he debido de escribir la palabra culo unos cuantos cientos de veces, pero no recuerdo la última vez que escribí culi... ni la primera.
En fin, el corrector vuelve a detenerse, pero esta vez ante un supuesto fallo gramatical. Esto es lo que me dice:
Tras unos segundos de perplejidad, caigo en la cuenta de que dársena es un sustantivo masculino. ¡A buenas horas me entero! Esbozo una sonrisa. El programa sigue corrigiendo y ya no encuentra más errores. Y esbozo otra sonrisa: el "corrector" no se da cuenta de que he escrito el símbolo de kilogramos correctamente y, lejos de ser coherente en su error, pasa por alto mi acierto.
Aparte de todo lo anteriormente dicho, que es meramente anecdótico, la Real Academia llegó a un acuerdo reciente con Microsoft según el cual la empresa podrá consultar gratuitamente los corpus lingüísticos de la corporación y los miembros de ésta se ofrecen, además, a probar el funcionamiento de los programas de dicho fabricante. Y yo me pregunto: ¿por qué una institución pública, financiada con dinero público, ofrece este servicio a una empresa privada? A todas luces, es obvio que saldrá beneficiado un producto que tendremos que pagar si queremos usar, aunque haya contado con la ayuda de una institución que se financia con nuestros impuestos.
Este breve artículo no pretende llegar a demasiadas conclusiones, sino sembrar en el lector cierta duda sobre la relativa y progresiva importancia de estas referencias lingüísticas provenientes de recordemos empresas. Recordemos también que, por encima del cuidado del idioma, cualquier empresa (especialmente las multinacionales) tiene el cometido obvio de contentar al mayor número de clientes y eso supone, no pocas veces, transigir en ciertas normas (lingüísticas o de otro tipo) cuyos departamentos de comercialización y venta consideran prescindibles o eludibles. ¿Qué grado de responsabilidad asumimos nosotros, como traductores, en la consolidación de estas academias
privadas de la lengua? Esa es una buena pregunta. Yo me la hago constantemente.Xosé Castro Roig
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